PLANIFICAR UN VIAJE:

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  Esa alegría que empieza antes de hacer la valija




No hay que pisar la arena blanca de una playa remota, ni saborear una piña colada en las playas de Brasil,  para que un viaje comience a surtir efecto. A veces basta con abrir Google Maps y trazar con el dedo una línea imaginaria entre el sofá y lo desconocido. Porque, en el fondo, los viajes empiezan mucho antes de que suene el motor del avión. Empiezan en la mente. Y ahí, según la ciencia, pueden hacer maravillas.

Resulta que planificar un viaje, ese acto aparentemente banal que mezcla búsqueda de vuelos baratos con sueños de libertad, tiene un impacto positivo en nuestra salud mental. Los científicos lo afirman con estadísticas: la anticipación de un viaje puede hacernos más felices que la propia experiencia. Sí, más felices que estar allí. Irónico, ¿no?




Un estudio de 2014 de la Universidad de Cornell reveló que imaginar una experiencia futura (como un viaje) genera más alegría que esperar la llegada de un objeto material. Mientras algunos se obsesionan por comprar el último celular, los que planean vacaciones ya vuelan ligeros, sostenidos solo por la ilusión.

Y no es el único experimento que da la razón a los trotamundos mentales. Ya en 2002, desde la Universidad de Surrey, se observó que las personas que planeaban unas vacaciones eran notablemente más felices que las que no tenían nada previsto. O dicho de otra manera: tener un billete sin usar en la bandeja de entrada puede ser más terapéutico que diez sesiones de meditación guiada.

El psicólogo Amit Kumar, coautor del estudio de Cornell, lo explica con una lógica que roza la poesía: cuando hablamos de viajes, hablamos de historias. Y las historias, a diferencia de las compras, se comparten, se exageran, se reviven. “Las experiencias son mejor material para contar relatos que las posesiones”, afirma. Uno no le cuenta a sus amigos cómo fue su compra, pero sí la vez que se rompió la cerradura de habitación de la posada y tuvo que entrar por la ventana.

La antítesis es clara: lo material se guarda, lo vivido se expande.




Matthew Killingsworth, otro entusiasta de la felicidad con título universitario, agrega un matiz casi filosófico: “Los humanos pasamos gran parte de nuestra vida mental en el futuro. Y si sabemos que algo bueno viene en camino, eso ya nos hace felices”. Como quien saborea el aroma del café antes de beberlo, nuestra mente se recrea en lo que aún no ha llegado. En el caso de los viajes, además, hay un factor fundamental: su carácter efímero. Sabemos que se acaban. Y esa conciencia, lejos de deprimirnos, nos empuja a disfrutarlos incluso antes de que empiecen.

De hecho, dice Killingsworth, hay personas que prefieren retrasar un viaje solo para extender ese estado de expectación deliciosa. Como niños que no quieren abrir el regalo todavía, porque imaginarlo es casi mejor que tenerlo.

En definitiva, la próxima vez que te descubras navegando por portales de vuelos o mirando hoteles sin intención inmediata de reservar, no te sientas culpable. Estás entrenando tu mente para la alegría. Planificar un viaje no es solo soñar despierto: es una forma legítima, casi revolucionaria, de bienestar. Un antídoto contra la rutina con forma de itinerario.

Quién lo diría: a veces, el pasaporte más poderoso no se guarda en un cajón, sino en la imaginación.

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