LA TRAMPA EMOCIONAL DE NUESTRA ÈPOCA

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Queremos ser felices, pero solo si es sin llorar



Vivimos en una época que ha convertido la búsqueda de la felicidad en una especie de religión, una de manual de autoayuda y sonrisa forzada frente al espejo. En este nuevo culto, cualquier emoción que no venga envuelta en celofán de optimismo se considera un fracaso del alma.

David del Rosario, neurocientífico, lo dice sin rodeos: “No sabemos ser felices con la forma en que nos relacionamos con lo que sentimos”. Lo que nos ocurre no es que sintamos demasiado, sino que nos aterra hacerlo sin filtro, sin corrección política emocional. Sentir miedo, tristeza o rabia nos parece tan impropio como bostezar en una reunión de Zoom.

Y es que, como señala Del Rosario, nuestro gran problema no son las emociones incómodas, sino la alergia cultural que hemos desarrollado hacia ellas. Nos educaron para huir de la incomodidad como si fuera lepra. Así nos lanzamos, con entusiasmo digno de un Black Friday emocional, a consumir todo aquello que prometa “bienestar”: yoga exprés, gratitud a la carta, meditaciones con voz de influencer y afirmaciones positivas.

El resultado es una paradoja exquisita: queremos sentirnos bien, pero sin aceptar lo que sentimos. Es como intentar aprender a nadar sin mojarse. Aspiramos a la serenidad, pero desde un estado biológico de guerra interna: nuestro sistema nervioso se comporta como si aún viviéramos en la sabana, solo que ahora ya no tememos al león, sino al llanto.





El cuerpo, fiel servidor de este teatro mental, activa su “biología de supervivencia” cuando algo no encaja en el menú emocional aprobado: una tristeza sin motivo, una ansiedad que llega sin aviso o esa furia tan políticamente incorrecta. Y entonces ocurre el milagro inverso: cuanto más buscamos estar bien, peor nos sentimos.

Lo dice también Nazareth Castellanos, otra neurocientífica con alma de poeta: “Suavizar la musculatura de la cara tiene impacto en el estado emocional”. Una frase que parece trivial hasta que uno se da cuenta de que pasamos la vida con la mandíbula apretada como si masticáramos deudas existenciales.

La propuesta de Del Rosario no es cambiar lo que sentimos, sino cómo lo habitamos. En lugar de maquillar nuestras emociones como si fueran visitas inesperadas, propone recibirlas como huéspedes inevitables. La tristeza, dice, no es el enemigo; lo es el rechazo sistemático a invitarla a sentarse un rato con nosotros.

Porque la felicidad, esa dama escurridiza, no se conquista a fuerza de ignorar la sombra, sino de bailar con ella. Es más un arte de la convivencia interna que una carrera de obstáculos hacia el “pensamiento positivo”.

Quizá haya llegado el momento de reformular el mandato moderno de “sé feliz” por otro más sensato: “aprende a sentir sin miedo”. No porque sea fácil, sino porque no hay otra salida. Al fin y al cabo, lo que no aceptamos, nos domina.

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