Extraños íntimos que la vida nos da.
Hay un tipo de relación que nace sin que la elijamos, pero nos define más de lo que admitiríamos en voz alta. No es la amistad, que se escoge. Ni el amor romántico, que se cultiva. Es algo más misterioso, menos poético, y sin embargo... igual de decisivo, la hermandad o fraternidad. Esa peculiar forma de estar atado a otro ser humano por la genética, el caos familiar y los juguetes compartidos (o disputados) desde la infancia.
Tener un hermano/a es convivir con un espejo
distorsionado, alguien que se te parece y, a la vez, no podría ser más
distinto. Un hermano/a puede ser tu primer cómplice o tu primer rival; tu refugio
o tu desasosiego; ese que te cubre las espaldas… o ese que te las rasguña cuando
papá o mamá no miran.
La ironía más grande es que compartimos techo,
recuerdos y apellido, pero rara vez contamos la misma historia. Uno recordará
aquella Navidad como mágica; el otro, como un suplicio envuelto en papel de
regalo. Crecer juntos no garantiza ver el mundo desde el mismo ángulo.
De hecho, a veces, garantiza justo lo contrario.
Las relaciones entre hermanos están hechas de antítesis
vivientes. Uno es el rebelde; el otro, el ejemplar. Uno grita; el otro se
encierra. Uno huye de casa a los 17; el otro se queda a cuidar a mamá hasta los 30.
Es como si la vida jugara a repartir los roles como cartas marcadas,
obligándonos a definirnos por oposición: si tú eres esto, entonces yo seré
lo otro.
Y, sin embargo, ahí están.
Años después, cuando la adolescencia ha pasado como una tormenta de verano y la
adultez se instala con sus cuentas, divorcios y despertares incómodos, los
hermanos se convierten en testigos privilegiados de lo que fuimos y lo que
somos. Los únicos que saben, sin que uno tenga que explicar, por qué amas las canciones de navidad o por qué te pone nervioso que se hable de tal o cual tema.
Los hermanos, cuando el tiempo no los separa
del todo, pueden ser como libros que leíste en otro idioma: familiares, llenos
de sentido oculto, a veces incomprensibles… pero imposibles de descartar.
Y claro, no todo es épica, ni redención. Hay
hermanos que no se hablan más. Otros que se ven solo en contadas ocasiones. Algunos que
se aman con una gran intensidad, como si la infancia compartida fuera un
pacto secreto contra el mundo. Porque sí, hay quien tiene en su hermano/a su
compinche más fiel, y hay quien lo considera poco menos que un extraño con su mismo
ADN. Ambas versiones son válidas. La sangre no obliga; solo inaugura el
vínculo. El resto lo construye (o destruye) la vida.
En el fondo, tener un hermano/a es convivir con
una historia paralela. Es saber que existe alguien que vivió tu infancia desde
otro ángulo, que recibió el mismo plato de sopa y lo odió igual, o lo adoró
mientras tú lo escondías bajo la mesa. Es saber que no estás solo en la
memoria, y que alguien podría completar tus frases… o corregirlas.
¿Y qué hacer con esa relación tan primitiva y
sofisticada a la vez? Cuidarla si vale la pena. Lamentarla si no fue posible. O
simplemente, recordarla. Porque crecer con un hermano/a es haber vivido un
experimento humano a pequeña escala: el de compartirlo todo sin haberlo pedido.
Y eso, al final, nos marca más que cualquier
elección.

