¿POR QUÈ HAY GENTE QUE NUNCA SE CALLA?

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No es solamente porque sean pesados...



Todos tenemos uno, en la familia, en el trabajo, en el grupo de WhatsApp. Esa persona que habla como si le pagaran por palabra, que interrumpe con entusiasmo olímpico y que, en una conversación grupal, parece jugar a “el último que respira, pierde”. Lo curioso es que rara vez se dan cuenta. Y lo más fascinante: casi nunca se trata solo de mala educación o exceso de entusiasmo. Detrás del monólogo hay algo más complejo. A veces, incluso, doloroso.

La psicóloga Olga Albaladejo, lo explica con precisión, hablar sin parar puede ser un mecanismo para no naufragar emocionalmente. Sí, como un flotador inflable en forma de discurso. Una forma de gestionar lo que no se sabe nombrar. O más aún, de tapar lo que da miedo sentir.


Hablar sin filtro: ¿ansiedad o estrategia?

Cuando alguien no se calla, a menudo no es porque crea que su voz es más bonita que la de los demás. Muchas veces, es la ansiedad la que toma el micrófono. Hablar se convierte en un tic nervioso, palabras que no buscan decir, sino simplemente llenar.

Pero no todo es ansiedad. A veces, es una maniobra de control. Si ocupo todo el espacio con mi discurso, nadie puede hacerme preguntas incómodas ni arrinconarme con verdades ajenas. Es una especie de monopolio verbal, una técnica de evasión camuflada de entusiasmo.

Y luego está el enemigo silencioso, el miedo al silencio. Para algunos, callar es como mirar al abismo. El silencio no es paz, es amenaza. Un agujero negro donde puede aparecer el rechazo, la soledad o ese eco incómodo de uno mismo.


De la infancia al altavoz: la herida de no haber sido escuchado

Hay quienes crecieron en casas donde hablar era inútil. Donde los adultos nunca bajaban el volumen para escuchar lo que el niño tenía que decir. Y entonces, ya adultos, se convierten en emisoras permanentes: emiten porque nunca los sintonizaron. Lo hacen sin darse cuenta. Como quien abre la heladera una y otra vez, aunque ya sabe que está vacía.

La escucha es el espejo del habla”, dice Albaladejo. Y qué verdad tan desnuda. A veces, el verbo desbordado no necesita censura, sino un reflejo. Un oído que no interrumpa. Un otro que no lo transforme todo en consejo, anécdota propia o juicio encubierto de empatía.




Cuatro estilos de oyentes 

La psicóloga define cuatro tipos de escuchas, y uno sospecha que los ha sido todos en algún momento:

  1. El que escucha solo para responder. Ya dejó de oírte en la tercera palabra porque está preparando su brillante réplica.

  2. El consejero espontáneo. Te receta soluciones antes de que termines la frase. Un coach no solicitado.

  3. El invalidante de oro. “¡Eso no es nada! A mi primo le pasó algo peor…”  y pum, adiós a tu angustia, que ya no califica.

  4. El que escucha para comprender. Sin apuro, sin juicio, sin ego. Ese que hace que uno se sienta acompañado, aunque no diga una sola palabra.

Ese último tipo es el unicornio de la comunicación: raro, necesario, y difícil de encontrar.


¿Hablas mucho? No te calles. Pero cambia la música


No se trata de guardar silencio como penitencia. La solución no es el mutismo, sino la conciencia. Albaladejo propone un giro de timón: no hablar menos, sino hablar mejor.

Ahí van sus cuatro claves, con traducción libre:

  • Antes de abrir la boca, abrí el cerebro. ¿Es necesario? ¿Es ahora? ¿Es por ti o por el otro?

  • Escuchá con los dos oídos, no con la lengua.

  • Dejá que el silencio respire. No lo mates con ruido por miedo.

  • Compartí el escenario. Conversar es un tango, no un solo de batería.


Porque al final, hablar bien no es decir mucho. Es saber cuándo callar, cuándo escuchar, y cuándo abrir la boca no para dominar el aire, sino para habitarlo con los demás.

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