El SINDROME DE SIMON…

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 El eterno adolescente con traje de ejecutivo




En un mundo donde las aplicaciones de citas se deslizan más rápido que los compromisos emocionales, aparece una criatura urbana con características bastante reconocibles, el hombre que teme al compromiso más que al dentista y abraza la inmadurez emocional con la misma pasión con la que persigue sus metas laborales. Enrique Rojas, psiquiatra español, ha decidido bautizar a este espécimen como portador del “síndrome de Simón”.

No se trata de un nuevo trastorno clínico. Es, más bien, un retrato cultural, un espejo incómodo donde se reflejan ciertos varones contemporáneos atrapados en una adolescencia perpetua. La ironía, claro, es que muchos de ellos ya cruzaron la barrera de los 30… en años, pero no en emociones.


¿Qué es Simón y por qué no quiere crecer?

SIMÓN no es un nombre al azar, sino un acrónimo que encierra el perfil psicológico de este patrón:

  • S de Soltero: no por convicción, sino por evasión. Evita vínculos duraderos, como quien esquiva un compromiso con el gimnasio.
  • I de Inmaduro: emocionalmente desorientado, como un GPS roto que solo repite: “Recalculando”.
  • M de Materialista: obsesionado con lo tangible. Para él, el afecto se mide en likes.
  • O de Obsesionado con el éxito: su calendario está lleno, pero su alma, a menudo, está en modo avión.
  • N de Narcisista: más pendiente del reflejo en el espejo, que del rostro de los otros.

 



La paradoja del hombre libre que teme amar

Estos hombres que tanto valoran su libertad emocional, muchas veces terminan más solos que nunca. Quieren evitar el compromiso para no perder autonomía, pero acaban atrapados en relaciones fugaces, vínculos desnutridos y una afectividad que, como una planta sin sol, apenas sobrevive.

Según Rojas, todo esto encaja en un fenómeno mayor, el “pánico al compromiso”. Para estos varones, el amor estable huele a encierro, a rutina, a renuncia. Lo ven como un contrato sin cláusula de escape. No comprenden, o no aceptan, que el verdadero compromiso no encadena, sino que sostiene.


Consecuencias de un síndrome sin manual

Aunque no está registrado en los manuales clínicos, el síndrome de Simón tiene efectos palpables. No hay receta, pero sí hay síntomas:

·         Relaciones superficiales: vínculos de usar y tirar, como servilletas de papel emocional.

·         Aislamiento afectivo: rodeados de contactos, pero con pocos lazos. Como vivir en una fiesta eterna, pero sin nadie que te acompañe a casa.

·         Desarrollo emocional estancado: la madurez se posterga indefinidamente, como si la adultez fuera una serie que no termina de cargarse.

·         Riesgos mentales: detrás de la fachada exitosa, a menudo se esconden la ansiedad, la tristeza crónica y un malestar difícil de nombrar.


 


 

¿Hay salida del laberinto Simón?

Sí. Pero como en todo proceso de crecimiento, no hay atajos ni fórmulas mágicas. Lo primero es mirar el espejo sin filtros. Reconocer patrones. Aceptar que quizá el problema no era ella, ni ellas, sino algo que habita en uno mismo.

Algunas puertas de salida:

·         Autoconocimiento: observarse sin excusas, como quien revisa su casa después de una tormenta.

·         Educación emocional: no basta con leer libros de autoayuda en el avión. Hace falta aprender a gestionar las propias emociones, escuchar al otro, tolerar el conflicto sin huir.

·         Terapia y diálogo: no es rendirse. Es equiparse para crecer. Asumir que madurar también implica desarmar las defensas que antes sirvieron, pero hoy impiden avanzar.

El gran giro, tal vez, reside en entender que el compromiso no es una celda, sino una elección libre que da sentido. Que la intimidad, bien entendida, no limita, si no que multiplica. Y que la vida, para ser plena, necesita algo más que logros en LinkedIn o fotos con filtros en Instagram.

Simón puede cambiar. Pero primero debe querer salir de su zona de confort, ese lujoso desierto afectivo donde nadie lo lastima… pero tampoco lo ama de verdad.

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